Para Catar

A veces, cuando vas a comprar embutido, el tendero te da a probar una rodajita de chorizo, o una lasca de jamón serrano, para que veas primero si te gusta. Esto viene a ser lo mismo: Aquí hay algunos textos cortos que he escrito. Espero que te sepan a jamón pata negra y no a chorizo de cocinar.

Nota: Me doy cuenta de que esta metáfora podría molestar a los vegetarianos. O a los cerdos. Me disculpo pero no estoy dispuesta a enmendarme, después de lo que me ha costado dibujar la raja de chorizo.

¡Desconfía!

No creo en Katmandú.
No creo en las bacterias.
No creo en las fracciones.
No creo en la Edad Media.

No creo en dinosaurios.
No creo en Carlos Quinto.
No creo que las rectas
Lleguen al infinito.

Y no sé si creer
Que toditos los kilos
Tengan los mismos gramos,
Mil para ser exactos.

¿Quién fue a Katmandú?
¿Quién vio una bacteria?
¿Quién tocó una fracción?
¿Quién viajó a la Edad Media?

¿Tú viste un dinasaurio?
¿Tocaste a Carlos Quinto?
¿Pisaste alguna recta
Que iba hacia el infinito?
¿Y no es un poco raro
Que habiendo tantos kilos
A lo largo del mundo
Todos pesen lo mismo?

En clase cada día
Nos cuentan estos cuentos.
Y, lo peor de todo,
¡nos hacen aprenderlos!

Yo creo que nos mienten
Para tenernos quietos.
¿Qué harían con nosotros
Si no hubiera colegios?

Tú haz como que crees todo
Porque si no la lías,
Pero mantente alerta.
Por dentro ¡desconfía!

“¿La capital de China?”
Pregunta la maestra.
“Pekín”, respondo yo,
Como si lo creyera.
Pero eso de la China,
¿existirá siquiera?

Todos lo saben

Lo saben todos,
lo leo en sus ojos,
se han enterado
yo no sé cómo.
Me miran raro,
no dicen nada,
mas cuchichean
a mis espaldas.
Juan Narizotas,
con el Gamberro,
y él con su hermana
la de ojos negros
que yo creía
que le gustaba…
¡Hoy no me atrevo
ni a saludarla!
Y es que hasta el viento
que afuera sopla
gime bajito
la misma copla:

“¡Este es el chico!
El que no pudo
bajar al patio
saltando el muro”.
“¿Es él seguro?”
dice otra voz.
“¡Claro! Un amigo
me lo contó”.
“Él no saltó
con los demás”.
“Tenía miedo.
Lo ví temblar”.
“¿Será verdad?”
“¿Quién lo diría?”
“Se ve en su cara:
¡Es un gallina!”

Ya estoy arriba.
Sin darme cuenta
he vuelto al muro.
Mis dientes suenan.
¿Saltaré a tierra?
Ya estoy saltando.
Todo me duele.
¡Ya llegué abajo!
Quiero gritarlo:
“¡Salté la tapia!”
Gritar ¿por qué?
Lo sé yo y basta.
Sé que fui quien
Saltó más lejos.
Salté mi muro y…
¡salté mi miedo!

Visita al médico

-Pase hombre, ¿qué le pasa?
-Tengo los viculas flajas.
-¿Cómo dice? No le entiendo.
-Lis vacoles flijes tengo.
-¿En qué idioma me habla usted?
-In espuñel, ¿no lu ve?
-¿Me está usted tomando el pelo?
-¡Ni sañir, qui istey anfermo!
-Abra la boca bien grande...
Pero, ¡haberlo dicho antes!
Tiene las vocales flojas.
-¡Iso! Flijas las vocolas.
-Pues se las voy a apretar.
¿Qué tal así?
-¡Colosal!

Que me parta un rayo

Yo nunca escribo poesía porque es una cursilada.
Y difícil de narices hacer que rimen los versos.
Usas palabras dulzonas: bella, noche, luna, terso…
Mas luego te desesperas porque no riman con nada.

Nunca dices lo que quieres, porque las palabras mandan.
Bella te pide camella, luna te exige aceituna.
Quieres hablar de la noche y acabas sobre una duna
Tomando el aperitivo con una camella guapa.

¿Qué te diré del papel, siempre desaprovechado?
Venga a cambiar de renglón, cuando en este queda sitio.
Espero que los poetas, que tienen tan feo vicio,
Escriban sus ñoñerías sobre papel reciclado.

Poesías hay por ahí que su abuela entiende ni
Y por eso las leer te resulta engorro gran.
Palabras las se diría desordenó un huracán,
Pero es el propio poeta que quiere que todo ri-
Me.

Por todas estas razones y otras más que te diría,
Más callaré porque sé que te importan un pepino,
Aquí va mi juramento, y te pongo por testigo:
Mal rayo me parta el día que yo escriba una poesí... ¡Aaaah!

Tengo un secreto

Tengo un secreto
y no te lo digo.
Me lo dijo Diego
bajito al oído
y que yo lo diga
me tiene prohibido.
“Si lo dices”, dijo,
“que te caigas muerto,
que te parta un rayo,
que te quedes tuerto
que te vuelvas calvo,
y cuando seas grande,
¡ojalá te cases
con Nacha Fernández!”


Bueno, este secreto,
igual te lo digo,
porque al fin y al cabo
eres un amigo.

Tampoco es tan grave
si me muero un poco,
si me parte un rayo
y es en pocos trozos.
O quedarme tuerto
si es sólo de un ojo.
Si me quedo calvo
me compraré un gorro…
¡Pero lo de casarme
con ese ceporro
de Nacha Fernández!
¡De pensarlo sólo
me entran calambres!
¡Ayuda! ¡Socorro!
Así que no insistas
¡No y no y no!
Me que quedado mudo.
¡Silencio!
¡Chitón!

Tubulututú

(Encargado por el Instituto Cervantes para su programa Lobos y Dragones 2012)

Moncho se compró una isla muy barata en Internet.

La isla quedaba del otro lado del mundo, allá por Oceanía. Era tan pequeña, que le costó mucho encontrarla. En la isla había una palmera, una roca y un hombre muy moreno y casi desnudo, pescando.

-¡Eh! ¿Qué hace usted aquí? –se enfadó Moncho-. ¡Esta es una isla privada!

El pescador no le contestó. Acababa de picar un pez y estaba ocupado.

-¡Esta isla es mía! –insistió Moncho-. Aquí lo pone.

Se sacó del bolsillo una hoja impresa con los datos de su compra.

-Tubulututú –dijo el pescador.

Cogió el papel y envolvió en él el pez recién pescado.

Moncho se puso furioso.

-¿Cómo se atreve? ¡Lárguese ahora mismo de mi isla!

El pescador sacó un cuchillo. Moncho, asustado, se escondió detrás de la roca.

De vez en cuando asomaba la cabeza y decía con voz temblona:

-¡Que se vaya he dicho!

El pescador no se fue. Destripó el pez con el cuchillo, hizo un fuego y lo cocinó.

Moncho sacó un paquete de galletas de su maleta y se las comió.

El pescado olía muy bien. Las galletas no olían a nada y daban mucha sed.

El pescador subió a la palmera a por un coco y bebió de él.

-¡Ese es mi coco! –protestó Moncho, dando pataditas de rabia en el suelo.

-Tubulututú –dijo el pescador.

Cuando cayó la noche, el pescador se echó a dormir en la playa. Moncho se sintió un poco solo. Menos mal que se acordó de que había partido de la Copa de Europa y podía escucharlo con su i-Phone. El Barcelona contra el Liverpool. A los doce minutos de la primera parte, Messi marcó un gol.

-¡Goooool! –gritó el comentarista.

-¡Goooool! –gritaron los sesenta mil espectadores.

Las islas del Pacífico Sur son silenciosas. El pescador nunca había oído a tanta gente gritar tan fuerte. Se despertó aterrorizado y se tiró al agua.

-¡Ja! –se rió Moncho-. ¡Para que aprendas a respetar la propiedad privada!

El pescador no se fue muy lejos. A la mañana siguiente, se dedicó a dar vueltas y vueltas a la isla montado en su canoa. Cuando intentaba acercarse a la orilla, Moncho le ponía un rap con el volumen a tope y el hombre se alejaba remando a toda velocidad.

Moncho llevaba muchas horas sin comer ni beber. No le quedaban provisiones en su maleta. No tenía caña para pescar. Se metió en el mar e intentó atrapar peces con las manos. Todos se le escapaban. Intentó trepar a la palmera a por un coco. Se resbalaba una y otra vez. El pescador lo miraba desde el agua. Se reía tanto que estuvo a punto de volcar su canoa.

Moncho estaba furioso. Pero se moría de hambre y de sed, así que disimuló. Sonrió e hizo señas al pescador para que se acercara.

El hombre lo miró con desconfianza.

-¡No tengas miedo! ¡Mi teléfono no hace nada malo! ¡Escucha!

Moncho le puso una balada de Adele. El pescador no se movió.

Le puso un concierto de piano de Mozart, flojito. Ahí sí, el pescador se acercó remando despacio a la isla.

-¿Sabes qué? –le dijo Moncho-. He pensado que puedes quedarte en mi isla si quieres. Puedes ser mi súbdito.

-¿Grutururu? –preguntó el pescador.

-Como esta isla es mía, yo soy el rey. Si te quedas, reinaré sobre ti.

-Tubulututú –dijo el Súbdito. A lo mejor eso quería decir que estaba de acuerdo.

-Te ordeno que me prepares algo de comer –dijo Moncho. Se llevó una mano a la boca y se frotó la tripa con la otra. El Súbdito pareció comprender. Pescó un pez y lo cocinó.

Con la tripa llena, Moncho se sintió mucho mejor. Tan bien, que se le empezaron a ocurrir ideas.

-Mi reino se llamará Monchonía –decidió primero.

-Y debe tener una bandera –decidió después.

En su maleta llevaba una camiseta del Barcelona. La ató a un palo, que clavó en el centro de la isla.

-Monchonía necesita un himno nacional –decidió a continuación.

Y empezó a cantar con ritmo de rap:

Monchonía, isla mía,
La más linda de Oceanía…

A Moncho le gustaba mucho el rap.

No le dio tiempo a inventarse toda la canción. En eso, se acercó a la orilla otra canoa.

-¡Gufurugugu! –exclamó el Súbdito agitando los brazos.

-¡Gufurugugu fufugu! –exclamaron los que venían en la canoa.

Desembarcaron y abrazaron al Súbdito. Eran una mujer, un viejo y tres niños. También ellos tenían la piel oscura y muy poca ropa encima.

-¡Un momento! ¡Esto es una isla privada! –gritó Moncho-. ¡No pueden estar aquí!

Como no le hacían caso, Moncho quiso ahuyentarlos metiendo ruido con su teléfono. Pero no le quedaba batería. Y en la isla no había enchufes.

Probó a asustarlos con sus propios gritos.

-¡Gooool! –aulló.

Todos se volvieron a mirarlo. Parecían más divertidos que asustados.

-Tubulututú –dijeron.

Moncho cantó el himno de Monchonía a grito pelado.

Los recién llegados se quedaron boquiabiertos. Y luego se echaron a reir.

Cuando se calló, le pidieron con gestos que volviera a cantar. Y así una y otra vez. A la hora de la cena no le quedaba voz.

La familia del pescador se quedó en la isla. Mejor. Ahora Moncho tenía seis súbditos. Él reinaba y sus súbditos le cuidaban. Estaba bastante contento con ellos. Eran dóciles y muy risueños. Quizá un poco demasiado risueños:

Se reían cada mañana cuando Moncho izaba la camiseta (perdón, la bandera). Se reían cuando cantaba el himno con la mano en el pecho. Se reían mientras le hacían reverencias, como les había enseñado.

Pero él no se enfadaba demasiado, porque nunca le llevaban la contraria.

Moncho declaró que el español era la lengua oficial de Monchonía. Cada día enseñaba a los niños unas cuantas palabras: Mar, cielo, súbdito, rey, penalty, Leo Messi…

Los chavales no tardaron en aprenderse el himno. Un día, cuando lo estaban rapeando, llegó a la isla una señora mexicana. De Guanajuato, para ser exactos.

-¡Eh! ¿Qué hacen ustedes en mi isla? –dijo muy enfadada.

-Esta isla es mía –replicó Moncho.

-¿Qué dice usted? ¡La compré hace unos días! Tengo aquí los papeles.

Mientras Moncho y la señora mexicana discutían, llegó un señor chileno.

-Esta isla es mía, hagan el favor de marcharse.

-¿Pero qué dice usted? ¡Es mía!

-¡Mía!

-¡Nuestra! –gritó una pareja de colombianos recién llegada.

A lo largo del día siguió llegando más gente. Ya no cabía ni un alfiler. Todos habían comprado la isla en Internet, lo mismo que Moncho, y discutían a voces.

Los súbditos los miraban subidos a la roca, asustados y curiosos a la vez.

La pelea se hizo cada vez más violenta. De las palabras pasaron a los empujones. Luego, alguien dio un puñetazo a Moncho en plena cara.

Al ver que le salía sangre de la nariz, sus súbditos saltaron al suelo.

-¡Grubuñusu! –gritó el Primer Súbdito. Y sacó su cuchillo de destripar pescado.

-¡Grubuñusu musu! –gritaron los demás súbditos.

La Súbdita agarró una piedra, el Súbdito Viejo agarró un palo y los Súbditos Chicos enseñaron los dientes y gruñeron como perrillos enfadados.

-¡Largo de aquí, invasores, o mis súbditos os harán picadillo! –gritó Moncho con la mano en la nariz.

Los otros dueños de la isla se retiraron corriendo a sus barcos.

-Bah, no merece la pena pelear por esa porquería de isla -decían para consolarse.

-Está fatal situada.

-A mí tanta playa me aburre.

-La arena se te mete por todas partes y es una pesadez.

Mientras se alejaban mar adentro, Moncho agitaba la bandera y los niños cantaban el himno nacional de Monchonía. O algo que se le parecía.

-Gracias, queridos súbditos –dijo Moncho cuando se quedaron solos-. Gracias por defender a vuestro rey y a vuestra patria. A ver, Súbdito Primero, desde ahora eres Duque. Tú, mujer, eres Duquesa. El viejo puede ser Caballero. Y vosotros, Súbditos Chicos, sois Infantes. ¿Qué os parece?

-Mar, cielo, Leo Messi –dijeron los niños.

Desde entonces, no ha vuelto a aparecer ningún extranjero en Monchonía.

En cambio, los habitantes de las islas vecinas van a menudo de visita. Todos quieren ver a Moncho.

Les hace mucha gracia su pelo rubio. Ellos son todos morenos.

Les llama la atención su barba. Ellos no tienen.

Les dan risa sus camisas de colores y sus pantalones cortos.

Les divierte, sobre todo, cuando canta el himno de Monchonía frente a la bandera, hinchando mucho el pecho.

A veces le tocan el pelo o le tiran de la barba, para verlo enfadado. Les parece muy cómico cuando se enfada, porque se pone muy rojo, chilla y patalea.

Todos envidian la suerte de los Súbditos de Moncho. A los demás también les gustaría tener un Tubulututú en su isla para entretenerlos.

Así es como llaman a Moncho: Tubulututú.

Eso, en la lengua de las islas del Pacífico Sur, quiere decir El Payaso.

Traidor

Fue idea tuya. Dijiste
que no se daría cuenta.
Que esa no la usaba nunca.
Y como era una emergencia
te hice caso y me la eché
encima de la cabeza.
¡Los demás ya estaban listos!
Los oía en la escalera.

Cortaste dos agujeros,
uno por ojo, en la tela.
Y sería por la prisa,
que te quedaron de pena.
Mis amigos, impacientes,
ya llamaban a la puerta.
Yo quise salir corriendo
pero me dijiste: -¡Espera!
Te vendrá bien esta bolsa.
¡Recuerda! ¡Vamos a medias!

Nos juntamos en total
tres zombis, dos vampiresas,
una momia y dos fantasmas.
(El otro iba con cadena).
Fuimos por todos los pisos
¡Y menuda escandalera!
Gritábamos “¡Truco o trato!”
a quien saliera a la puerta.
Casi todos dieron chuches,
menos la del quinto izquierda
que nos dio tres zanahorias,
un pepino y una berza.

Vuelvo a casa muy contenta.
Tengo la bolsa bien llena.
-¡Alto ahí!, grita mamá.
¡Esa sábana que llevas
me la cosió mi madrina
con primor e hilos de seda!
-Que no, digo, que esta es otra.
Mi madre repite: -¡Es esa!
Ahí cerquita de la esquina
tiene bordadas dos letras:
La P por Pablo, tu padre.
La M por mí, Mireya.
Fue su regalo de boda,
un mes antes que muriera.
¡Y tú me la has destrozado!
¡Me duele el alma de pena!

Yo digo: -¡No he sido yo!
Ella dice: -¡No me mientas!
Entonces te miro a ti.
Espero que me defiendas,
que confieses que tú has sido
quien tuvo la mala idea,
quien cortó los agujeros
(fatal por cierto) en la tela.
Pero no dices ni mu.
Mamá me grita y la dejas.
Y eso que eres el mayor.
Y eso que yo soy pequeña.

Y yo te voy a acusar,
pero me das cierta pena.
Has apretado los ojos
y agachado la cabeza.
Así que no digo nada
y me aguanto la tormenta.
Pero la verdad, abuelo...
¿Es que no te da vergüenza?
Has sido un poco traidor.
Yo he sido muy buena nieta.
Me debes una bien gorda.
Las chuches no son a medias.
No, no pongas esa cara.
Anda, cómete la berza.